jueves, 10 de junio de 2010

Réquiem a Loretta

I

Nadie nunca podría entender a una mujer huidiza y temerosa de la realidad y de las relaciones interpersonales sin saber toda su historia. Todos sabemos lo fácil que es juzgar a otras personas. Además, lo común es que el tema favorito de la gente sea la otra gente.
Antes de empezar a contar la historia de Loretta, debo decir que esto no es un intento de justificar su desfachatez ni su indiferencia ante el sufrimiento que pueda causar a otras personas. Loretta es fría y calculadora, pero a veces, en el fondo, es tonta y pueril.
Hacía frío cuando conocí a Loretta en una ciudad al norte de México, cerca de la frontera con los Estados Unidos, hace unos diez años.
Todavía no cumplíamos 20 primaveras y nos creíamos las mujeres más maduras del mundo. Podría hasta decirse que pecábamos de altivas y arrogantes. Nada a nuestro alrededor podía entender las cosas de la vida mejor que nosotras.
Me gustó Loretta desde la primera vez que hablé con ella. Fue como tener enfrente una versión distorsionada y exagerada de mí misma.
Estaba ahí, con una gran sonrisa, dientes perfectos, ojos enormes. A veces parecía sorprenderse por todo, soltaba gritos y saltitos cada vez que escuchaba algo nuevo, como si hubiese descubierto el hilo negro de algo, de lo que fuera.
Corría el año 1999 y cursábamos el sexto semestre de la Licenciatura de Ciencias Políticas en la universidad pública. Ya podrá cada quien imaginarse la sarta de sabelotodos que rondaban por los pasillos de esta facultad. Todos sabían de todo. Todos leían de todo. Innumerables nombres de autores se mencionaban en cada aula, cada día, generando una competencia entre los más estudiosos para ver quién podía mencionar más nombres de famosos politólogos, sociólogos o filósofos en la conversación. A mí me parecía fastidioso. Loretta lo odiaba.
- Ahora resulta que todos son marxistas y aquel idiota de allá, ¿lo ves?, sí, ése de gorra, se cree el próximo gran filósofo del siglo XXI nada más porque se ha leído todo Nietzsche. Yo me he leído Nietzsche, en realidad un libro y medio, pero de todos modos, lo he leído y, ¿sabes qué? Aunque me gustó leer algunos de sus textos, al final… ¡Lo odio! ¡Por machista y misógino!
No pude hacer más que soltar una carcajada. Se quedó viéndome unos segundos, pero después empezó a reír también. Luego continuó.
- ¿Tú crees que lo único que podrá hacerme feliz es un hijo? ¡Mi misión en esta vida no es quedarme preñada! ¿Quién le dijo? Además… ¿Es que no podemos ser buenas amigas? Digo… las mujeres… en fin.
- Lo estarás tomando demasiado literal, ¿no? Además, recuerdas lo menos importante.
- Sí, tal vez. No me interesa en realidad. ¿Tienes un cigarro?
Y saqué la cajetilla de cigarros y le di uno. Era la primera persona que conocía que no decía admirar a Nietzsche sólo porque todos lo decían, ni porque aparecía en todos los libros como uno de los filósofos más lúcidos del siglo XIX, ni porque era el apellido más mencionado en el salón de clase por aquellos días, mucho menos por querer sonar irreverente o rebelde. Tenía una opinión propia sobre él, independientemente de si era correcta o no, era suya nada más y la sostenía. Estábamos sentadas en las escaleras del primer piso y empezó a llover. Nos quedamos ahí, observando la lluvia. Ése fue el primer cigarro de muchos que fumé con Loretta.

II

-¿Alguna vez te dije lo mucho que odio a Mozart? Me dijo mientras preparábamos el café en la cafetería de la universidad.
No pude ocultar mi cara de desconcierto.
-¿Odias a Mozart? ¡Estás loca! Nadie odia a Mozart… es un genio.
-¡Precisamente! Es la representación de lo injusta que puede ser la vida. Mozart… el niño genio… el niño prodigio… ohh sí, qué felicidad… ¿cómo es posible que la genialidad pueda concentrarse en tan pocas personas? Debería de estar equitativamente distribuida, que todos tuvieran un toque de inteligencia, de creatividad, de genialidad, ¿por qué no?
-Entonces no existirían los genios ya.
-Tampoco los idiotas… el mundo sería mejor, ¿no crees?
-Vaya… viéndolo de esa manera… aunque espero que estés consciente de que corres el riesgo de sonar bastante frustrada y amargada, casi enojada por no tener un toque de genialidad.
-¿Y a ti quién te dijo que no tenía un toque de genialidad?
-Bueno… y ¿qué hay de todos los escritores o músicos que admiras? ¿También los vas a odiar?
-No… es que... prefiero a Beethoven.
-Mmmm entonces… odias a Mozart porque… ¿solapa a Beethoven? Los dos tienen su lugar en la música, ¿no?
-Sí, pero Mozart siempre es el niño genio, Mozart esto… lo otro… Beethoven es mejor. Le doy más mérito por escribir cuando estaba sordo.
-Vamos… estás siendo bastante infantil. Eres como una groupies de… mmm digamos… no sé… de Nirvana que avienta bilis contra Pearl Jam nada más porque los comparan de vez en cuando.
Nos distrajo un ruido que venía de detrás de la cafetería. Se acercaban corriendo dos estudiantes, perseguidos por otros dos. Riña universitaria.
Nos fuimos a sentar a una mesa y cambiamos a otro tema más trivial. Pero la razón por la que recuerdo esa conversación mientras preparábamos el café es, supongo, que me parece un buen ejemplo de la radicalidad, en muchas ocasiones sin fundamentos, que regía el comportamiento de Loretta la mayoría de las veces por aquellos años. Me atrevería a decir, de hecho, que era una joven mujer bastante visceral.

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