Cuando pienso en lo mucho que he vivido los últimos años, me pregunto si hace 10 tenía aunque fuera una remotísima idea de lo que podría llegar a percibir y entender con el paso de ilusiones, dramas, desencuentros, alegrías, encantos, descubrimientos y demás emociones y maravillas que he visto y vivido.
Si miro 10 años atrás, gran parte de mí me indica que me veo igual, soy igual, tengo la misma cara (más regordeta, perhaps), los mismos ojos, las mismas ambiciones, las mismas convicciones. Nada, absolutamente nada, denota algún cambio especial en mí. No hay cambio. Sigo siendo yo.
Si me preguntan cuál es mi comida favorita, pues es la misma; mi banda favorita, es la misma; mi color favorito, pues es el mismo. Hasta aquí, cualquiera diría que qué aburrida y simple soy, ¿no?
Luego me percato de que a toda esa esencia que yo antes era y sigo siendo, se adhieren experiencias que hacen que mi colección de características y virtudes se vuelva más amplia y vasta. "Estoy creciendo", me digo. Sí, pues eso, estoy creciendo. ¿Me gusta? Pues no, no me gusta. ¿A quién le gusta? Y me digo, "crezco y me conozco", eso, "me conozco". Conocerse es crecer, porque conocerse es actuar entonces en base a lo que conocemos, y si nos conocemos más, actuamos más en consecuencia nuestra, prevenimos nuestros defectos, exaltamos nuestras virtudes y nos volvemos más cautelosos de nosotros mismos.
Y si entonces lo que pasa es que me conozco más, ¿será que eso que algunos llaman cambios en sí mismos no son más que meros descubrimientos personales? Seguramente no es el hilo negro lo que descubro. Cambio, evolución, crecimiento, como se le llame, es la extensión de nosotros mismos hacia alguna especie de ser utópico... ¿que queremos ser? ¿O es que no nos queda de otra? ¿Dónde quedó mi voluntad?