He tenido poco tiempo. Diré nada más que ando trabajando en el Festival Internacional de Cine de Monterrey, tengo mucho que escribir y que hacer y que agendar y de más... es interesante, digo esto de trabajar en el Festival, me parece que soy la nueva porque el resto ha trabajado en él los años anteriores. Vamos a ver qué aprendemos.
Other news: sigo dando clases, parece que los alumnos "me quieren", mi hermano y yo estamos "home alone" y descubrí que me gusta mucho la película The devil wears Prada (aaaaaaaaaaaaay de mí).
viernes, 23 de julio de 2010
viernes, 2 de julio de 2010
El diluvio después de cien años


Desde la tarde del miércoles 30 de junio hasta el mediodía del 2 de julio no paró de llover en Monterrey. Dicen que no había llovido así desde hace cien años.
La lluvia desaparecía por lapsos muy cortos para azotar de nuevo al asfalto y conjugarse con el aire que jalaba a los árboles con ganas de arrancarlos de raíz.
Mi ciudad amaneció casi devastada (un tal huracán irreverente que se hizo llamar Alex pasó por Monterrey). Curiosamente, amanece casi devastada sólo en los lugares en donde la naturaleza reclamó su condición. El río Santa Catarina (el principal de aquí) dijo "compermiso" a las orgullosas canchas de futbol que privatizaron hace poco (figúrense que a nuestro gobierno estatal se le ocurrió que iban a privatizar... ¡el cauce seco de un río!) y se las llevó toditas. No se diga la ciclopista y el "parque lineal" que también construyeron en el río. Encima, el agua se desbordó y se llevó los carriles de las autopistas que estaban a los lados del cauce. Nos quedamos sin avenidas grandes funcionales.
Las colonias afectadas fueron las trepadas en los cerros y las afincadas en riberas de arroyos.
Nada más pasada la tormenta luego luego entran los reclamos. En los noticieros se escuchan muchos "no tenemos luz, no hay cable, en mi casa se cayó la barda... ¡que nos vengan a ayudar!"... otros quejándose de que sus coches fueron arrastrados por la corriente que bajaba de los cerros de donde viven trepados... vaya caos. A todo esto hay que agregar que resulta que del zoológico se escaparon tres búfalos y unos cuantos lobos... ¡Jumanji! (como acertadamente alguien comentó en el feisbuc).
Jumanji, me imagjno, por los animales de La Pastora... ahhh y por aquellas señoras que pensaron que bloqueando la única avenida funcional que nos queda (Garza Sada) iban a hacer que el Gobernador se apareciera para que les ayudara. ¿Ahora resulta que para reclamar algo al Gobierno vamos a actuar como criminales? ¿Qué es eso de andar bloqueando una avenida cual narcotraficante? ¡Qué ocurrencias! O sea, si quiero que levanten la barda de mi casa, nada más voy y causo un poquito de caos en el tráfico en una ciudad que, ya de por sí, sufre de desórdenes viales insoportables cuando es hora pico... estamos para llorar. Luego no faltaron los novedosos que no quisieron ir a trabajar pero sí agarraron sus paraguas para ir a tomarse una foto en algún puente del río desbordado y hasta la policía tuvo que ir a quitarlos por andarse exponiendo al peligro... háganme el favor...
En fin... nos llueve sobre mojado en esta ciudad atrapada entre hermosas montañas, balazos, ríos desbordados y deslaves en colonias nice donde los vecinos no pueden creer que les pase a ellos... Yo mejor me voy a ver una peli...
jueves, 10 de junio de 2010
La intro
Más o menos, éste es como el cuarto blog que abro. Quién sabe cuánto me vaya a durar, pero por lo pronto he decidido dedicar el primer post a alguien que me empujó a abrir mi primer blog. Su nombre: Loretta; su origen: mi imaginación.
Gente que forma parte de mi pasado (y contados son los que también están en mi presente) saben perfectamente de quién se trata.
Yo le di vida y yo la maté, pero eso no implica que la tenga olvidada ni mucho menos que no la mencione o la recuerde con cariño de vez en cuando: estuvo ahí cuando la necesité y se fue cuando se tenía que ir (est quod est).
Supongo que lo formal dicta que explique de qué se va a tratar este blog. Y la verdad es que no se va a tratar de nada, o sea, de todo. Es decir, que escribiré de lo que me dé la gana (después de todo, constituirá todo él an unsolicited reflection upon life).
Así que, siendo una crítica o una reflexión no solicitada, es probable que en ocasiones lo que escriba suene desde irrelevante hasta irreverente, dependerá de quién sea quien lo lea y de cuáles sean sus circunstancias. A decir verdad, me importa muy moderadamente.
There you go... intro is finished.
Gente que forma parte de mi pasado (y contados son los que también están en mi presente) saben perfectamente de quién se trata.
Yo le di vida y yo la maté, pero eso no implica que la tenga olvidada ni mucho menos que no la mencione o la recuerde con cariño de vez en cuando: estuvo ahí cuando la necesité y se fue cuando se tenía que ir (est quod est).
Supongo que lo formal dicta que explique de qué se va a tratar este blog. Y la verdad es que no se va a tratar de nada, o sea, de todo. Es decir, que escribiré de lo que me dé la gana (después de todo, constituirá todo él an unsolicited reflection upon life).
Así que, siendo una crítica o una reflexión no solicitada, es probable que en ocasiones lo que escriba suene desde irrelevante hasta irreverente, dependerá de quién sea quien lo lea y de cuáles sean sus circunstancias. A decir verdad, me importa muy moderadamente.
There you go... intro is finished.
Réquiem a Loretta
I
Nadie nunca podría entender a una mujer huidiza y temerosa de la realidad y de las relaciones interpersonales sin saber toda su historia. Todos sabemos lo fácil que es juzgar a otras personas. Además, lo común es que el tema favorito de la gente sea la otra gente.
Antes de empezar a contar la historia de Loretta, debo decir que esto no es un intento de justificar su desfachatez ni su indiferencia ante el sufrimiento que pueda causar a otras personas. Loretta es fría y calculadora, pero a veces, en el fondo, es tonta y pueril.
Hacía frío cuando conocí a Loretta en una ciudad al norte de México, cerca de la frontera con los Estados Unidos, hace unos diez años.
Todavía no cumplíamos 20 primaveras y nos creíamos las mujeres más maduras del mundo. Podría hasta decirse que pecábamos de altivas y arrogantes. Nada a nuestro alrededor podía entender las cosas de la vida mejor que nosotras.
Me gustó Loretta desde la primera vez que hablé con ella. Fue como tener enfrente una versión distorsionada y exagerada de mí misma.
Estaba ahí, con una gran sonrisa, dientes perfectos, ojos enormes. A veces parecía sorprenderse por todo, soltaba gritos y saltitos cada vez que escuchaba algo nuevo, como si hubiese descubierto el hilo negro de algo, de lo que fuera.
Corría el año 1999 y cursábamos el sexto semestre de la Licenciatura de Ciencias Políticas en la universidad pública. Ya podrá cada quien imaginarse la sarta de sabelotodos que rondaban por los pasillos de esta facultad. Todos sabían de todo. Todos leían de todo. Innumerables nombres de autores se mencionaban en cada aula, cada día, generando una competencia entre los más estudiosos para ver quién podía mencionar más nombres de famosos politólogos, sociólogos o filósofos en la conversación. A mí me parecía fastidioso. Loretta lo odiaba.
- Ahora resulta que todos son marxistas y aquel idiota de allá, ¿lo ves?, sí, ése de gorra, se cree el próximo gran filósofo del siglo XXI nada más porque se ha leído todo Nietzsche. Yo me he leído Nietzsche, en realidad un libro y medio, pero de todos modos, lo he leído y, ¿sabes qué? Aunque me gustó leer algunos de sus textos, al final… ¡Lo odio! ¡Por machista y misógino!
No pude hacer más que soltar una carcajada. Se quedó viéndome unos segundos, pero después empezó a reír también. Luego continuó.
- ¿Tú crees que lo único que podrá hacerme feliz es un hijo? ¡Mi misión en esta vida no es quedarme preñada! ¿Quién le dijo? Además… ¿Es que no podemos ser buenas amigas? Digo… las mujeres… en fin.
- Lo estarás tomando demasiado literal, ¿no? Además, recuerdas lo menos importante.
- Sí, tal vez. No me interesa en realidad. ¿Tienes un cigarro?
Y saqué la cajetilla de cigarros y le di uno. Era la primera persona que conocía que no decía admirar a Nietzsche sólo porque todos lo decían, ni porque aparecía en todos los libros como uno de los filósofos más lúcidos del siglo XIX, ni porque era el apellido más mencionado en el salón de clase por aquellos días, mucho menos por querer sonar irreverente o rebelde. Tenía una opinión propia sobre él, independientemente de si era correcta o no, era suya nada más y la sostenía. Estábamos sentadas en las escaleras del primer piso y empezó a llover. Nos quedamos ahí, observando la lluvia. Ése fue el primer cigarro de muchos que fumé con Loretta.
II
-¿Alguna vez te dije lo mucho que odio a Mozart? Me dijo mientras preparábamos el café en la cafetería de la universidad.
No pude ocultar mi cara de desconcierto.
-¿Odias a Mozart? ¡Estás loca! Nadie odia a Mozart… es un genio.
-¡Precisamente! Es la representación de lo injusta que puede ser la vida. Mozart… el niño genio… el niño prodigio… ohh sí, qué felicidad… ¿cómo es posible que la genialidad pueda concentrarse en tan pocas personas? Debería de estar equitativamente distribuida, que todos tuvieran un toque de inteligencia, de creatividad, de genialidad, ¿por qué no?
-Entonces no existirían los genios ya.
-Tampoco los idiotas… el mundo sería mejor, ¿no crees?
-Vaya… viéndolo de esa manera… aunque espero que estés consciente de que corres el riesgo de sonar bastante frustrada y amargada, casi enojada por no tener un toque de genialidad.
-¿Y a ti quién te dijo que no tenía un toque de genialidad?
-Bueno… y ¿qué hay de todos los escritores o músicos que admiras? ¿También los vas a odiar?
-No… es que... prefiero a Beethoven.
-Mmmm entonces… odias a Mozart porque… ¿solapa a Beethoven? Los dos tienen su lugar en la música, ¿no?
-Sí, pero Mozart siempre es el niño genio, Mozart esto… lo otro… Beethoven es mejor. Le doy más mérito por escribir cuando estaba sordo.
-Vamos… estás siendo bastante infantil. Eres como una groupies de… mmm digamos… no sé… de Nirvana que avienta bilis contra Pearl Jam nada más porque los comparan de vez en cuando.
Nos distrajo un ruido que venía de detrás de la cafetería. Se acercaban corriendo dos estudiantes, perseguidos por otros dos. Riña universitaria.
Nos fuimos a sentar a una mesa y cambiamos a otro tema más trivial. Pero la razón por la que recuerdo esa conversación mientras preparábamos el café es, supongo, que me parece un buen ejemplo de la radicalidad, en muchas ocasiones sin fundamentos, que regía el comportamiento de Loretta la mayoría de las veces por aquellos años. Me atrevería a decir, de hecho, que era una joven mujer bastante visceral.
Nadie nunca podría entender a una mujer huidiza y temerosa de la realidad y de las relaciones interpersonales sin saber toda su historia. Todos sabemos lo fácil que es juzgar a otras personas. Además, lo común es que el tema favorito de la gente sea la otra gente.
Antes de empezar a contar la historia de Loretta, debo decir que esto no es un intento de justificar su desfachatez ni su indiferencia ante el sufrimiento que pueda causar a otras personas. Loretta es fría y calculadora, pero a veces, en el fondo, es tonta y pueril.
Hacía frío cuando conocí a Loretta en una ciudad al norte de México, cerca de la frontera con los Estados Unidos, hace unos diez años.
Todavía no cumplíamos 20 primaveras y nos creíamos las mujeres más maduras del mundo. Podría hasta decirse que pecábamos de altivas y arrogantes. Nada a nuestro alrededor podía entender las cosas de la vida mejor que nosotras.
Me gustó Loretta desde la primera vez que hablé con ella. Fue como tener enfrente una versión distorsionada y exagerada de mí misma.
Estaba ahí, con una gran sonrisa, dientes perfectos, ojos enormes. A veces parecía sorprenderse por todo, soltaba gritos y saltitos cada vez que escuchaba algo nuevo, como si hubiese descubierto el hilo negro de algo, de lo que fuera.
Corría el año 1999 y cursábamos el sexto semestre de la Licenciatura de Ciencias Políticas en la universidad pública. Ya podrá cada quien imaginarse la sarta de sabelotodos que rondaban por los pasillos de esta facultad. Todos sabían de todo. Todos leían de todo. Innumerables nombres de autores se mencionaban en cada aula, cada día, generando una competencia entre los más estudiosos para ver quién podía mencionar más nombres de famosos politólogos, sociólogos o filósofos en la conversación. A mí me parecía fastidioso. Loretta lo odiaba.
- Ahora resulta que todos son marxistas y aquel idiota de allá, ¿lo ves?, sí, ése de gorra, se cree el próximo gran filósofo del siglo XXI nada más porque se ha leído todo Nietzsche. Yo me he leído Nietzsche, en realidad un libro y medio, pero de todos modos, lo he leído y, ¿sabes qué? Aunque me gustó leer algunos de sus textos, al final… ¡Lo odio! ¡Por machista y misógino!
No pude hacer más que soltar una carcajada. Se quedó viéndome unos segundos, pero después empezó a reír también. Luego continuó.
- ¿Tú crees que lo único que podrá hacerme feliz es un hijo? ¡Mi misión en esta vida no es quedarme preñada! ¿Quién le dijo? Además… ¿Es que no podemos ser buenas amigas? Digo… las mujeres… en fin.
- Lo estarás tomando demasiado literal, ¿no? Además, recuerdas lo menos importante.
- Sí, tal vez. No me interesa en realidad. ¿Tienes un cigarro?
Y saqué la cajetilla de cigarros y le di uno. Era la primera persona que conocía que no decía admirar a Nietzsche sólo porque todos lo decían, ni porque aparecía en todos los libros como uno de los filósofos más lúcidos del siglo XIX, ni porque era el apellido más mencionado en el salón de clase por aquellos días, mucho menos por querer sonar irreverente o rebelde. Tenía una opinión propia sobre él, independientemente de si era correcta o no, era suya nada más y la sostenía. Estábamos sentadas en las escaleras del primer piso y empezó a llover. Nos quedamos ahí, observando la lluvia. Ése fue el primer cigarro de muchos que fumé con Loretta.
II
-¿Alguna vez te dije lo mucho que odio a Mozart? Me dijo mientras preparábamos el café en la cafetería de la universidad.
No pude ocultar mi cara de desconcierto.
-¿Odias a Mozart? ¡Estás loca! Nadie odia a Mozart… es un genio.
-¡Precisamente! Es la representación de lo injusta que puede ser la vida. Mozart… el niño genio… el niño prodigio… ohh sí, qué felicidad… ¿cómo es posible que la genialidad pueda concentrarse en tan pocas personas? Debería de estar equitativamente distribuida, que todos tuvieran un toque de inteligencia, de creatividad, de genialidad, ¿por qué no?
-Entonces no existirían los genios ya.
-Tampoco los idiotas… el mundo sería mejor, ¿no crees?
-Vaya… viéndolo de esa manera… aunque espero que estés consciente de que corres el riesgo de sonar bastante frustrada y amargada, casi enojada por no tener un toque de genialidad.
-¿Y a ti quién te dijo que no tenía un toque de genialidad?
-Bueno… y ¿qué hay de todos los escritores o músicos que admiras? ¿También los vas a odiar?
-No… es que... prefiero a Beethoven.
-Mmmm entonces… odias a Mozart porque… ¿solapa a Beethoven? Los dos tienen su lugar en la música, ¿no?
-Sí, pero Mozart siempre es el niño genio, Mozart esto… lo otro… Beethoven es mejor. Le doy más mérito por escribir cuando estaba sordo.
-Vamos… estás siendo bastante infantil. Eres como una groupies de… mmm digamos… no sé… de Nirvana que avienta bilis contra Pearl Jam nada más porque los comparan de vez en cuando.
Nos distrajo un ruido que venía de detrás de la cafetería. Se acercaban corriendo dos estudiantes, perseguidos por otros dos. Riña universitaria.
Nos fuimos a sentar a una mesa y cambiamos a otro tema más trivial. Pero la razón por la que recuerdo esa conversación mientras preparábamos el café es, supongo, que me parece un buen ejemplo de la radicalidad, en muchas ocasiones sin fundamentos, que regía el comportamiento de Loretta la mayoría de las veces por aquellos años. Me atrevería a decir, de hecho, que era una joven mujer bastante visceral.
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